1 de noviembre de 2012

Soy prietito


Esta mañana me conmovió la noticia del pobre Noé Hernández, quien siendo indocumentado, fue deportado por las autoridades norteamericanas.
Decía la nota, que será reproducida hasta el cansancio en muchos noticieros: “Noé Hernández ya no puede abrazar a su esposa Aída, ni a su hija Jocelyn, después de 23 años en los Estados Unidos, fue deportado a México. De nada valió a Noé Hernández ser una persona honesta”.

Pinches gringos. Nomás lo ven a uno medio prieto y lo detienen. Aunque sea ciudadano de allá. Algo así dicen que dice la ley en Arizona. Y todo México está indignado por ese racismo norteamericano.

Antes de conocer esa nota, yo ya había decidido salir a la calle únicamente con gorra y lentes oscuros. En cualquier lugar que me vean será así, sobre todo si estoy acompañado de alguno de mis hijos.

Las razones que me llevan a tan peculiar decisión son dos: la primera es la edad de los mayores, que ya semipubertos no desean ser vistos con su papá.

La segunda y más poderosa es que soy prietito, de ojos café y pelo oscuro. Mis hijos no. Por gracia de Dios o porque Dios es un gracioso, tienen ojos verdes, azules o uno y uno, según les de la luz. Por supuesto que ya no me acompañan al trabajo.

Y es que aunque no estoy en Arizona ni hay gringos acosándome, tengo miedo de que alguien tome una fotografía de mis hijos y se difunda el rumor de que los robé, precisamente por sus ojos, su cabello y el color de su piel que nada tienen que ver conmigo.

Así como con Alondra.

Su mamá le decía Lisset. Tanto Alondra, su mamá, sus hermanos (prietitos también) y su papá pedían limosna para vivir.

Por ser Alondra rubia, la gente (Fuenteovejuna) consideró que la niña era robada, explotada y que sufría de maltrato físico y verbal por parte de sus desalmados captores.  Tal escándalo se hizo que pronto todos los que tienen acceso a medios o a redes sociales habían oído hablar de Alondra.

Las expeditas autoridades justicieras detuvieron a la presunta secuestradora, la llevaron al conocido tambo y la interrogaron en el mejor de los casos. Mientras, Alondra y sus seudohermanos prietos acabaron en un albergue “bien cuidados”  según las beneméritas instituciones hacen en estos casos. También ahí se les hicieron pruebas de ADN y exámenes para saber si eran maltratados o abusados sexualmente por sus cobrizos captores.

Por fortuna las pruebas de maltato y abuso sexual resultaron negativas. La niña blanca y güera no era maltratada por esos cabrones robaniños.

Al tercer día, según las escrituras indican que sucede todo lo que importa que suceda, apareció una viejecita con el rostro y las manos curtidas por el sol y el tiempo. En una de sus oscuras y maltratadas manos llevaba un documento que resultó ser el acta de nacimiento de Alondra. Soy la abuela de la niña, dijo la viejecita alzando la cabeza. Sorpresa enorme se llevó el apuesto y gallardo agente del ministerio público cuando al verle los ojos notó que eran azules.

Al parecer Alondra, la rubia de ojos claros, sí era hija de la prieta presunta yanotanto secuestradora/explotadora de menores.

Mientras hoy seguimos maldiciendo a esos pinche gringos que separan familias por ser indocumentados, Alondra tampoco puede abrazar a su mamá, pues estamos a la espera del resultado de la prueba de ADN. Su mamá, prieta y todo, está libre y seguramente mendigando ella sola mientras Alondra, su resplandeciente cabello y celestes ojos, sigue siendo bien atendida en un albergue en el que –nadie lo sabe– le  hacen harán uno que otro examen otra vez.

Pinches gringos racistas e inmorales.