Dos Caminos

El camino de Santiago. En bicicleta. Cuando pensé en hacerlo, imaginé que sería más fácil así que caminando. Y más rápido. Qué equivocación. Subidas constantes de 7% y 8%. Bajadas a 50 kilómetros por hora con lluvia helada. ¡Qué locura! ¡Qué felicidad!

Todo empezó un día de septiembre. ¿Por qué no? Hice un plan de 12 meses y por primera vez, lo seguí al pie de la letra. Y cuando estaba listo, nos encierran. Desoyendo consejos, decidí posponerlo otros 12 meses y aprovechar el Xacobeo y mi cumpleaños 50.

El 3 de agosto me subir a la bicicleta, con 217 kilómetros por recorrer, en una ruta desconocida, en un país desconocido, pero con un objetivo muy claro: llegar a Santiago. Los primeros kilómetros los disfrutamos mucho. Fotos y fotos, cada dos kilómetros un cafelito o un churro o tortilla de patata. Total, 50 kilómetros es mucho, pero a paso de panadero, podemos hacerlo en 5 horas. ¿Cuál es la prisa?

Después de 30 kilómetros, por más sencilla que haya estado la rodada, ya estamos un poco cansados. En pequeñas subidas y bajadas, las moscas nos alcanzan. Nadie te habla de las moscas en el camino. Si vas en bicicleta: muy rápido, puedes comértelas, pero si muy lento, ellas te comen. Más adelante nos cruzamos con unas vacas que nos evaluaron y nos desecharon, y equivocamos el camino. Sí. Equivoqué el camino. Subimos por una vereda imposible para las bicicletas. Supongo que los que van a pie sufrirían en esa ruta tan empinada y ese terreno pedregoso y húmedo. Nosotros lo hicimos, además, jalando, empujando y cargando una bicicleta, sus alforjas y la incógnita de lo que nos esperaría para los próximos 5 días, si así la aventura comenzaba de esta manera.

Con la moral por los suelos y el equipo hecho pedazos, llegamos al primer destino. Un caserío donde nos recibió una señora encantadora con el mejor plato de lentejas que se haya preparado desde el que comió Esaú. Y una botella de vino.

Y el frío. El frío del verano más frío en años. Muy raro que haga este frío, decían. Y ese frío siguió hasta la mañana siguiente, en que completamos la mayor subida de la travesía: pasamos de 343 a 1335 msnm. Café y pan para celebrar y quitarnos el frío. Aquí seguí yo solo. Mi primera bajada, sin imaginar que, en este camino, a toda bajada sigue una subida más empinada. Pero eso lo aprenderíamos después. Ahora sólo era disfrutar y, por qué no, llorar un poco de felicidad, hasta llegar a otro lugar mágico.

Una iglesia prerrománica. Un rio. Un monasterio. Bosque. Otra subida se avecina, pero después de descansar unos minutos, renovado no me vuelvo a detener hasta el siguiente destino: una pequeña ciudad, con un malecón coqueto y caldo gallego. Y la cama.

Después de 96 kilómetros en dos días, ya empezaba a sentir el esfuerzo en las piernas y el dolor al momento de sentarme en la bicicleta, por lo que unas horas en la cama se agradecen mucho.

El tercer tramo era de sólo 26 kilómetros, aunque desconfiamos del “sólo” pues alguna sorpresa nos esperaría. Cruzamos viñedos, gritamos “Buen Camino” más veces de las que podemos contar, comimos al lado del camino. ¡Llegamos! El único problema es que como ese lugar se inundó hace mucho años, lo movieron, piedra por piedra, a la cúspide de ese cerro. Dos kilómetros más a 7% para detenernos en el albergue más bonito. Totalmente blanco, con flores en los balcones. Fotos y fotos y a dormir, que empieza lo bueno.

La siguiente etapa es conocida como “rompe piernas”. Subes y bajas y subes y bajas y bajas y subes y subes y bajas. Entre bosques y paisajes increíbles. Un pequeño arroyo y otra subida, esta de 8%, que te obliga a bajar de la bici después de un par de kilómetros y aprovechamos para ver más vacas, algún burro y muchos, muchos eucaliptos. Tantos, que ya se consideran una plaga y están acabando con los árboles locales.

Paramos en el Trisquel. Un bar en medio de absolutamente nada, con la tortilla de patata más gorda que haya yo visto. Comenzó a llover. Nos habían comentado que en Galicia siempre llueve. Y no mintieron. Todos los días, poco o mucho, llueve. Así que a ponerse el impermeable y a seguir. Menos de media hora más adelante, estaba yo en un sauna, pues salió el sol. Otra parada, otro café con leche y alguito de comer.

Llegamos a la ciudad más grande hasta ahora. Sucia, bulliciosa, para nada amigable. Meter las bicicletas a la bodega del segundo piso, es un acertijo complicado, sobre todo cuando las piernas ya están destrozadas y acalambradas y el elevador, tan europeo, mide dos por dos. Y tienes hambre. Aquí se siente más calor. Tal vez tanto concreto o finalmente el verano decidió perdonarnos y llegar.

Un nuevo día. Desayunamos el melón mas rico del Reino y unos huevos que decidí bautizar como “aventados”. Lo pueden imaginar. Bajar las bicicletas, otras fotos y arrancamos. Junto a nosotros otros bicigrinos, revisando sus bicicletas, ajustando tijeras y suspensiones, limpiando y engrasando cambios, acortando frenos y todas esas cosas que hacen los ciclistas inexpertos o muy experimentados. Yo, como soy intermedio, decidí que nos subiríamos a las bicicletas y ¡ya está! ¡A Santiago!

Sesenta y tres kilómetros más y podremos olvidarnos de las bicicletas, las subidas y las bajadas. Vamos con todo. Nada nos puede parar. Con esto en mente arrancamos, subimos, subimos y bajando se suelta la cadena y comienza a tronar una bicicleta. Lo invencible nos duró unos tres kilómetros. Echando mano de herramientas, tornillos, cadena, corte, ajuste y mucha imaginación, en media hora o más, aunque seguía tronando, avanzaba. Vamos. Subiendo. 6%. Cincuenta y nueve kilómetros.

Aquí nos separamos los peregrinos a pie de los que venimos en bicicleta. Caminos secundarios, veredas y algunos de pasto. Muchas vacas, moscas y gente, que aún con el ceño fruncido, murmuran “buen camino”. Otra gran subida para llegar a la fuente por agua. Esta parte del camino, como es ciclista, no tiene fuentes por lo que el objetivo, más que el sello en la credencial es el agua.

Repostados, salimos a N-547 donde hay una señal: “66 Santiago”. ¡66! ¿Qué? ¿Voy pa’tras? No, esa es la distancia si sigues la autopista. El camino que nos espera es mas corto. Más difícil, pero corto, por así decirlo.

Bajamos un buen trecho por el bonito camino asfaltado. Las piernas descansaron lo que pueden descansar mientras no pedalean, pero sin quedar listas para lo que viene. Treinta más y ya estamos. Con lo que traemos encima, esa distancia no nos asusta.

Pero el camino tiene sus sorpresas. Juega contigo y con tu mente. Llegas a Santiago. Hay un mojón que dice “Santiago”, has llegado al aeropuerto de la ciudad. Ya estás ahí. Ni siquiera ves cuántos kilómetros llevas, cuántos faltan. Ya estás ahí. Sonríes y te relajas. Pero no has llegado. Estás aún a 20 kilómetros del objetivo, pero no lo sabes. O no lo quieres saber.

Muy motivados, seguimos por una carretera auxiliar, rodeamos el aeropuerto y entramos a unas veredas. Sonrisas, fotos. Ya estamos aquí. Media hora después, la felicidad se torna amargura. No estamos en Santiago aún, las piernas ya no me responden y no se si voy bien o si he vuelto a equivocar el camino.

Unos kilómetros más adelante, aparece la flecha que indica que vamos bien. Esa flecha que en los primeros momentos ni volteas a ver, conforme pasan los días aprendes a buscarla para sentirte seguro de las decisiones que has tomado. Seguimos.

Llegamos, cansados y sin moral, a Monte do Gozo. Mejor nombre no se le puede poner a un sitio, donde todo lo que ves es bajada y allá, a lo lejos – no muy lejos – las torres de la Catedral. Por un momento, te llenas de gozo. ¡Ahora sí!

Todo es sonrisas, peregrinos cansados, frescos, con mil kilómetros, con noventa, a caballo, a pie, en bicicleta. Todos sonreímos. Todos nos decimos, con más ganas, ¡Buen Camino! ¡Ultreia! ¡Et Suseia!

Ya a estas alturas hablas el idioma que te pongan enfrente, saludas y sonríes a todo el mundo. Hasta aquel gallego malhumorado que decidió casi pasar encima de nosotros con su coche. ¡Buen Camino!

Como venimos en bicicleta, tenemos que rodear la Plaza para poder entrar. Con las piernas ardiendo y cerca de reventar, lo hacemos gustosos. Una subida mas porque la avenida está en obra. Quieres maldecir, pero no puedes. Ya llegamos.

Nada, nada te prepara para este momento. Los días pedaleando, caminando, durmiendo poco, reflexionando, nada. Entras a la Plaza, miras alrededor y lloras. Siempre he llorado mucho y parece que sólo me estaba preparando para llorar bien en este momento. En este lugar.

Cientos de peregrinos alrededor. Igual. Llegamos. Completamos el primer camino. Aunque esta meta es sólo la mitad. Ahora nos dirigimos al otro camino. Al de las historias que siempre he oído, de las fotos que he visto, de lugares que conozco sin haber estado ahí. Al lugar donde todo empezó.


Entradas populares de este blog

Puto. El grito.

Un silbido en la madrugada