8 de septiembre de 2018

Yo, el indio (o El día que la muerte se tardó, con una conclusión que dos mil días después lanza una pregunta al aire).


Ese día, Mictlantecuhtli se levantó y se puso su amaneapalli más cómodo. Sabía que tendría que viajar más de mil kilómetros para recoger un alma. Aunque es largo el viaje, vale la pena cuando eres el señor del Mictlán y ese es tu trabajo. 
Sabía que el alma que iba a recoger no iba a ser escogida por sus hermanos, no porque hubiera sido sinvergüenza en vida, sino porque no había sido suficientemente virtuoso. Montó en su murciélago y emprendió el viaje. La posición de Mictlantecuhtli merece aclarar que el señor de la muerte no es precisamente un dios de tamaño muy grande, pero cuando gobiernas las tierras de los muertos, no importa tu estatura. Iba refunfuñando porque con esto de la globalización, tenía que viajar mucho a recolectar las almas que le corresponden. En pleno siglo veintiuno los distintos señores de la muerte no han organizado un sistema de compensación de almas, donde uno pueda recibir almas provenientes de otras regiones y compensarlas con las que reciben los señores de otros lados. Tan sencillo sería, para el señor del Mictlán enviar un correo electrónico a Ah Puch y que éste la recogiera y la registrara en la base de datos. Pero no, por falta de modernización inframundial, cada uno tiene que dar muchas vueltas. No sabemos si fue lo complicado de la salida a Puebla o que estuvo buscando si entre los cadáveres de una fosa común en Veracruz había algún alma que le correspondiera o cuando se sentó a esperar el aparatoso accidente en la entrada de Campeche, pero llegó tarde a su cita. Cuando llegó, ya el alma se había quedado en su contenedor y el contenedor estaba comenzando a funcionar otra vez. El tecolote que lo acompañó y lo apresuró durante toda la travesía, no pudo cantar. Eso lo puso de muy mal humor. Al búho y al señor de la muerte. Tendría que regresar con las manos vacías. El indio vivió.

Han pasado dos mil días de esa misión frustrada. Cada uno de esos dos mil días, el indio se ha levantado para agradecer a su Dios, el todo poderoso, por haber puesto esas distracciones en el camino que retrasaron a tal grado a Popocatzin que no pudo cumplir con su sombrío trabajo. Los últimos recuerdos alrededor de la hora nona de ese lunes, incluyen un hospital, un elevador, una camilla y mucha gente desconocida alrededor. Parecía que todas las fobias del indio se pusieron de acuerdo para prepararlo para el trabajo del distraído pero letal visitante. Pero una sola oración, una sola invocación y un solo recuerdo rondaron su cabeza y permanecieron mientras llegaba la oscuridad y hasta que volvió la luz. No pasó toda su vida por sus ojos. No vio una luz ni sintió deseo alguno de ir a ella. Sólo una oración, una invocación y el recuerdo de su familia, sus padres, sus hijos, sus hermanos y uno que otro conocido estaban presente en su mente, junto con algunos pendientes que dejaría en el trabajo y todos comandados por quien al final, con sus reacciones rápidas, su pericia para volar en las calles y dos gritos en el momento adecuado operó los designios divinos y derrotó al señor de la muerte, en nombre de una promesa de amor.

Un día, quinientos, mil o dos mil días después ¿qué se le dice a la mujer que salvó tu vida? ¿cómo se agradece a los que dejaron todo para estar contigo?