11 de junio de 2016

Voy al aeropuerto ¿Uber o Taxi?


Estuve observando las discusiones sobre Uber cuando llegó a la Ciudad de México y a otras ciudades del país.  En cada ciudad, se desata una controversia con los taxistas y proveedores registrados de servicios de movilidad, ya que la gente está “harta de sus abusos” y desea una opción viable, segura y moderna de transporte, que los taxistas tradicionales y los gobiernos no pueden proporcionar.

En octubre de 2014, un alto ejecutivo de Uber llamado Ryan Graves mencionó que “por alguna razón” al Gobierno de la Ciudad de México (y en general al “Gobierno”) le toma muchos meses entender el modelo de negocio de Uber, pero al pasajero “sólo le toma unos segundos” comprender los beneficios. De esa manera condescendiente con la que Uber emite sus comunicados, señaló entonces Mr. Graves que el problema que resuelven en México es de confianza. Aquí voy a tratar de encontrar esa razón desconocida para Uber y que los pasajeros parecen pasar por alto, volcando su confianza y seguridad en Uber.

Esperen y dejen me regreso un poco, que todo esto viene al caso porque quiero tomar un taxi al aeropuerto. Por supuesto, me recomiendan un Uber. Muchos conocidos y desconocidos han sido convencidos por los beneficios de Uber y ahora presumen extasiados sus viajes y sus botellas de agua y su música y que el chofer no va platicando todo el viaje y sus anécdotas chuscas. Y que los modelos de los coches uyuyuy y que qué barbaridad qué maravilla Uber.

Yo, confiando de que además de llevarme al aeropuerto, me resolverían el problema de confianza, bajé la aplicación de Uber para registrarme como usuario, descubriendo que justo después de mi nombre y correo electrónico, me solicitan es un número de tarjeta de crédito, con todo y CVV.

Los que me conocen, saben que yo ya hacía compras por internet antes de Verisign, de protocolos SSL 128 bits y de que Mr. Graves cumpliera 15 años y que, siempre que el sitio inspire confianza, proporcione información correcta y completa y prometa un mínimo de seguridad para mis datos personales y financieros, no tendré problema en registrarme.

Así, se levantó la primera alerta (Red Flag para los millenials): Una aplicación descargada de App Store, Google Play o Tienda Windows, sin más información en la tienda de aplicaciones que “By Uber Technologies, Inc.” y la dirección de su página web y que de entrada me solicita datos financieros, huele mal. Decidí no darles mis datos, aún.

Impulsado por la confianza que mis conocidos parecen tenerle a la tal aplicación y con mis reservas, decidí visitar el sitio web de Uber, antes de entregarles mi tarjeta de crédito. Por lo menos ahí tendrán información sobre dónde ir a reclamar y un EULA o “Términos y Condiciones” o por lo menos un “Aviso de Privacidad” que, si bien no lo leeré todo, me servirá para saber dónde me puedo pelear con ellos.

Así, llegué a uber.com. Una página con un diseño sobrio y sencillo, muy intuitiva cuando se trata de registrarte como pasajero o como conductor, que se traduce automáticamente al idioma de tu sistema operativo y si se lo permites, te presenta contenido según tu ubicación. Bonita y fresa.

El problema aparece cuando quieres buscar una dirección física de la empresa en México (o en cualquier parte del mundo). Generalmente existe un apartado “Acerca de” en las páginas. O “Contacto”. Nada.

Decidido a encontrarlos, navegué durante horas en su página. Por ahí hay una sección “Ayuda” y en el pie de esa página, pequeño, un enlace que dice “Conócenos”. Nada tampoco excepto la historia de su empresa y su maravillosa creatividad e “historias de éxito” de pasajeros y conductores. Nada.

Simplemente no hay forma, sencilla, de dar con sus oficinas, así que desistí y, con dos banderas rojas en la mano, decidí enfocarme en sus “Términos y Condiciones”. Click aquí y click allá, llegué al documento.

En el número 1 ¡Sorpresa! Aparece el nombre de la empresa y su domicilio. ¡Al fin sabré a quién le daré mis datos y dónde puedo ir a reclamar en caso de cualquier problema! La empresa se llama Uber B.V. y su domicilio está en Vijzelstraat 68, 1017 HL, Ámsterdam, Países Bajos. O sea, ¿cómo?

La empresa responsable es una sociedad ho-lan-de-sa y su domicilio está en Ámsterdam.

Ok, no hay problema. En muchas páginas de internet la empresa responsable es extranjera porque es su corporativo o lo que sea, pero en la mayoría viene un domicilio local o un teléfono local para atención local. No creo que nos hagan ir a Ámsterdam para cualquier cosa. Sigo leyendo.

La condición 6 me asusta, pero no es lo que estoy buscando, así que la dejo para después y llego a la Séptima Condición que se refiere a dónde nos vamos a escribir, ellos a mí y yo a ellos. Literalmente dice “Usted podrá notificar a Uber por comunicación escrita a la dirección de Uber en Vijzelstraat 68, 1017 HL, Ámsterdam, Países Bajos”. Ok, ok. Tengo que enviarles una carta o ir a Holanda para hablar con ellos. El Aviso de Privacidad para México también me dice que les mande una carta allá a la Calle Mortero.

Pero eso no es todo pues me acuerdo de la Condición 6 que me horrorizó antes y ahora me aterroriza: “las presentes Condiciones se regirán e interpretarán exclusivamente en virtud de la legislación de los Países Bajos”. ¿QUÉ? ¿Legislación de los Países Bajos? ¿wetgeving van Nederland?

Y eso no es todo, en caso de que tengamos un desacuerdo, aceptaríamos tener un proceso de mediación y arbitraje según la Cámara de Comercio Internacional en… sí, Ámsterdam.

De acuerdo, mi problema de seguridad y confianza será resuelto por una empresa holandesa, ubicada en Ámsterdam y con la que, en caso extremo, tendré que pelearme en Holandés, bajo la ley holandesa y conforme a las reglas de ICC.

Luego luego mi memoria se activa y busco información en Google. Tenía razón y recordaba bien: El primero en violar la seguridad de iCloud fue el grupo Doulci, originario de Holanda en 2014; también, Sven Olaf Kamphuis es el hacker holandés que en 2013 realizó el ataque informático más grande del mundo y, en 2013 hackers paralizaron los bancos de Holanda con un ataque. Y ahí van a guardar mi información personal y financiera.

Y yo sólo quiero tomar un taxi para ir al aeropuerto. Además de mi maleta, traigo ahora una colección de banderas rojas.

Pero, dejando de lado las deformaciones profesionales, mis ganas de litigar todo, voy a buscar otras razones para registrarme. Todos lo hacen…

El modelo de Uber, por lo menos lo que se ha publicitado y esgrimido como bandera, es que los conductores son los dueños de los coches que manejan. Son personas como tú y como yo (¿gente bien? ¿gente confiable?) que buscan una oportunidad de trabajar o de aumentar sus ingresos. Tienen un coche nais y por diversas circunstancias, deciden manejar Uber. Así, tú puedes estar seguro que el conductor es el dueño de su coche y su único interés es prestarte el servicio y ganar un dinerito. Qué tranquilidad, qué felicidad y qué conveniente. Explican que les hacen una revisión de antecedentes, checan los seguros del auto y listo. Fácil, rápido y seguro.

Hasta ese momento, todo está súper bien. Gente bien manejando coches bien para gente bien. Sin efectivo y sin mayores complicaciones.

Al parecer me voy al aeropuerto.

Pérate mano. ¿El seguro me protege? Yo, como usuario de un servicio, tengo derecho a indemnización por pérdidas orgánicas, invalidez o muerte en caso de accidente mientras voy en el Uber al aeropuerto. Aún no salgo al aeropuerto, vamos a investigar más.

En todas las páginas relacionadas, Uber solicita a los conductores un seguro. En algunas vienen los requisitos: “Seguro de cobertura amplia: 3 millones de RC y 200 mil de Gastos Médicos Ocupantes”.

Esto quiere decir que, en caso de accidente, serán pagados los gastos médicos que pueda yo requerir siempre que no pasen de 200 mil machacantes. Si me excedo en mis daños, tengo que ir a reclamar a Ámsterdam. Pero lo más grave es que, revisando las pólizas de seguro que recomienda Uber, no se amparan pérdidas orgánicas, invalidez, ni muerte de los ocupantes, por lo que yo, con mi silla de ruedas o mi viuda, tendría que ir a Ámsterdam a reclamar. Lo bueno que a ella siempre la ha gustado Holanda y quiere regresar.

Luego me entero que algunos amigos tienen su Uber. Hay uno que tiene dos. ¡Ah chingá! ¿Cómo le haces? ¿Manejas uno con cada pierna o cómo? Además de pendejearme por ignorante, mi amigo me explica que por supuesto que él no lo maneja. Uber tiene un programa donde tú pones el coche y otro interesado pone la conducción. O seeaaaaa... ¿quien viene detrás del volante no necesariamente es el dueño del Uber?

Pero si me accidento y el seguro no alcanza, además de ir a Ámsterdam y con el conductor, tengo que buscar quién es el dueño del coche para poder seguir con mi tratamiento. Esto ya no está tan bonito. Ya no es gente como yo manejando coches. Es gente que tal vez sea como yo y que tiene choferes que manejan sus coches.

Que miedo. Estoy seguro que mi seguridad es la misma que en un taxi de sitio. Por lo menos en el taxi de sitio no tengo que salir del país para reclamar y siempre está el organismo que otorgó el permiso como respaldo. Igual de débil respaldo el gobierno local que una empresa en Ámsterdam, pero más cerca.

No señor Graves, no resolvieron mi problema de confianza con toda su mercadotecnia. Al contrario, me aterra subir en un Uber, donde simplemente estoy a la deriva, rogando a Dios que nada me pase en el camino y más cuando me detengo en la Condición 5 de los Términos y Condiciones que debo aceptar para tener su servicio:

UBER NO HACE DECLARACIÓN NI PRESTA GARANTÍA ALGUNA RELATIVA A LA FIABILIDAD, PUNTUALIDAD, CALIDAD, IDONEIDAD O DISPONIBILIDAD DE LOS SERVICIOS O CUALQUIERA DE LOS SERVICIOS O BIENES SOLICITADOS A TRAVÉS DEL USO DE LOS SERVICIOS, O QUE LOS SERVICIOS NO SERÁN INTERRUMPIDOS O ESTARÁN LIBRES DE ERRORES. UBER NO GARANTIZA LA CALIDAD, IDONEIDAD, SEGURIDAD O HABILIDAD DE LOS TERCEROS PROVEEDORES. USTED ACUERDA QUE TODO RIESGO DERIVADO DE SU USO DE LOS SERVICIOS Y CUALQUIER SERVICIO O BIEN SOLICITADO EN RELACIÓN CON AQUELLOS SERÁ ÚNICAMENTE SUYO”.



¿Me manda un taxi por favor?