18 de marzo de 2016

Tres años


Pasa el tiempo y se va desvaneciendo la angustia del momento. Sólo queda el recuerdo, resistiéndose a ser archivado junto a los demás recuerdos.


Se resiste a ser archivado, catalogado y guardado y sólo desempolvado en fiestas y anécdotas. Los problemas cotidianos pasan galopando sobre él y lo machacan bajo una constante tormenta de preocupaciones vanas. Pero cada pastilla matutina es un brevísimo repaso de aquel día. Cada dosis de ramipril, cada miligramo de simvastatina activa la memoria de aquella cama fría, esas perforaciones en los brazos, en las manos, en el cuello, en la pierna. Cada toma de aspirina evoca ese marcapasos conectado y supliendo el trabajo que el corazón no podía realizar. Tres años han pasado; tres años en los que cada día se agradece a Dios por salvar la vida, aunque cada día se vea más lejano aquel milagro y se complique el agradecimiento. Tres años de subidas y bajadas que causarían la envidia de cualquier montaña rusa y que han fortalecido ese maltrecho corazón. Tres años de cambiar la dureza que comenzaba a rodearlo por una cursi simpleza que salpica los ojos de lágrimas por cualquier cosa, como cuando era niño. Treinta y seis meses de ver al mundo de una manera diferente, de agradecer, de acercar y de dejar ir. De sueños y planes y tumbos y tropiezos. De silencio, de cambio, de vida.