12 de diciembre de 2015

De la memoria de los días y la soledad

Tenía enfrente el resumen que escribió sobre sus últimos días. Lo leyó una vez más y volvió a sentirse asqueado, aunque no podía definir si era por lo había escrito o porque reflejara sus sentimientos. 
Intentaba animarse cada día, buscando la sonrisa de aquellos que lo amaban sólo por ser él. Fue justo cuando le preguntaron sobre sus planes para el siguiente año, cuando se dio cuenta de que ya no hacía planes para el día siguiente y menos lo haría para el próximo año. No porque no quisiera hacerlos. No los hacía porque estaba cansado de cambiarlos, posponerlos y cancelarlos. Se sentía cansado. De extrañas maneras seres inexistentes y sin nombre aparecían para acompañarlo cada día. Él no les llamaba, porque sólo eran letras, producto de su imaginación o de la imaginación de otros. Pero ahí estaban. Por la noche hacía un recuento para incluirlos en sus cada vez menos frecuentes oraciones.  Habían pasado mil días y ya no veía hacia atrás. Atrás había quedado todo aquello, lo bueno y lo malo. Tampoco miraba adelante. El futuro estaba en una vitrina y no era para él. Lo suyo era este momento. Muchos recuerdos lo inquietaban y comenzaba a maldecir y maldecirse. Mucho futuro lo paralizaba. Comenzó a escribir el resumen de sus mil días por ahí del día novecientos ochenta y cuatro. Cuando faltaban 5 días, seguía renegando de lo escrito hasta ese momento. Aseguraba que no se preocupaba por nadie, pero le inquietaba las reacciones de quienes lo leyeran. Decidió que sería otro el que lo escribiría. Se convenció de que de esa manera no habría sentimientos heridos ni palabras de aliento. No soportaba las palabras de aliento ni que intentaran motivarlo con ellas. Prefería el silencio cercano. Ya con el texto listo, lo insertó en otro que preparó para sus fines y se sintió bien con su autoengaño. El texto, en resumen decía: Han pasado ya mil días. Mil días de afrontar la vida desde una perspectiva distinta, pero igual. Mil días en que todo cambió, pero todo se mantuvo. Sí, morir no es muy agradable si no lo haces bien. Un muerto que no supo morir, con el tiempo hasta él mismo se olvida.  Quinientos días después de aquellos quinientos días que compartí con el mundo, vuelvo a hacer una pausa, para recordar, para recordarme y para advertirme. Hoy no necesito quedar bien con nadie. Hoy no tengo nada que perder y nada pueden quitarme ya. Lo único que tengo es mi vida y la oportunidad que hace mil días me regalaron. ¿Qué ha pasado con esa oportunidad? Nada. Simplemente nada. Vivo intensamente sí, juego más, me preocupo menos, amo más. Sí, todo eso. Mil días y metafóricamente mil problemas han surgido, tratando de derribar a mi nuevo yo. Y el viento ha embestido sin piedad, arrancando las hojas y muchas ramas, pero no nos ha derribado. Cada nuevo día es un azote más, pero una bendición más. Incluso llegó el día en que no pude rezar. Desperté como todos los días y no pude rezar. En mi cabeza no había espacio para las oraciones, espontáneas o aprendidas. Simplemente no había espacio. Cada recoveco estaba repleto de pensamientos negativos, lamentos y problemas por resolver, conjugándose todo en un dolor, casi imperceptible por los medicamentos, pero que me hacía recordar sensaciones de más de mil días. Ese día me sentí perdido. Hice un recorrido y pude apreciar qué pocas personas quedan. Contacté a dos o tres y hablamos. Del mundo, de la guerra, de cualquier cosa. ¡Qué solos estamos en este mundo! La vida está hecha de momentos y esos momentos nos llenan la vida. Esos momentos en que todas las puertas están cerradas y todos están mirando su propia sombra, mientras pensamos que alguna puerta se abrirá, que alguien levantará la mirada. Esos otros momentos en que te sientes y te trata como inútil y obsoleto. Son etapas, dicen y el usador de frases nos regalará esa que cree que nos hará sentir mejor. Una frase bonita y motivacional que es como el horóscopo diario. Hace 500 días celebraba la vida, la nueva vida que se me regaló y que con algunos altibajos invitaba a disfrutarla y compartirla con cercanos y lejanos, con ellos para quienes somos realmente importantes y para los que somos lo que tenemos que ser. Hoy es diferente. En este día mil no hay mensajes positivos ni de gozo. No hay ganas de compartirlo. Este día mil no marca un reinicio, un cambio de dirección, empezar a subir. No, este día mil sigue siendo en picada. Como fue el anterior y como será el siguiente. En esta caída ya casi se acaban las uñas por tratar de frenarla con las paredes. Ya no hay voz para gritar y no hay alas para volar. Caigo y arrastro. Los que hicieron bien en irse, los felicito, se salvaron. Los que se mantienen me motivan para llegar al día 2000. O al mil quinientos aunque sea. A buscar una saliente, por pequeña que sea para detenerme. No hay por dónde. ¡Qué solos estamos!”. Cerró el documento, lo envió para su revisión y lo colgó donde colgaba sus ideas. Ese día se fue a dormir con un pendiente menos, esperando a que pasaran los cinco días que faltaban.