11 de febrero de 2014

Quise ser ateo

He tratado de demostrar que Dios no existe. He renegado de todo lo que me enseñaron y decidí demostrarme a mí y al mundo que el tal Dios no existe. Que es una idea. Que es le necesidad del ser humano de justificar muchas situaciones. Que es el recurso del ignorante.

Con esa idea en la cabeza comenzó el 2013. El año siguiente al frustrado fin del mundo que dejó a muchos preparados para nada y a otros repitiendo el tan dicho se-los-dije. Pocos nos acordamos de Dios y menos le atribuimos el no-fin del mundo a Él. El primer trimestre estuvo lleno de viajes y lugares nuevos. Cada nuevo lugar parecía querer convencerme de que el tal Dios sí existe. Caminando en el desierto no pude sino acordarme de ese otro desierto que caminaron tantos por creer en Él. Para ser una idea es una idea inspiradora. Mira tú que hacer que la gente camine por lugares así  más de 10 minutos y sin la camioneta siempre a la vista, es por algo. Inmediatamente después del desierto, el Mar de Cortés. Verlo desde las montañas hace que uno dude de su propia duda.  Pasaron días, semanas y un mes. Vino el infarto tan comentado y cómo cambié mi ateísmo por una ferviente oración durante todo el tiempo que duró la escaramuza. Escuchaba a lo lejos a los doctores, pero rezaba a aquel de quien había renegado. Total pasó y con la salud, incipiente y en constante mejoría, volví a cuestionarme sobre la existencia de ese que es antes y después. El problema que plantean muchos ateos es que si tal existiera, a los buenos les iría bien y yo estaría muerto. Desde antes del infarto. Pero no lo estoy. O no soy tan malo o los ateos tienen razón. En esos menesteres ocupaba la parte que queda libre de mi cerebro cuando el trabajo la deja - que no es mucha - cuando me asomé a la ventanilla del avión en el que volaba a entrevistarme para un proyecto, y pude observar gran parte de la península de Yucatán. Dios 3 - Yo 0. Quizá estaba equivocado. Ese tal Dios sí existe y yo estaba dando coces contra el aguijón. Entonces decidí cambiar el enfoque. Trataría de encontrar algo en lo que no estuviera su marca. Llevo ya nueve meses con ese reto y sigo perdiendo. Caminando bajo la lluvia con mi traje y sin posibilidad de encontrar un taxi, empapado y en una ciudad hostil, pude apreciar su grandeza en esas gotas que me atacaban, las flores - que eran pocas - y las plantas a mi alrededor parecían levantarse para recibir el agua que yo me empeñaba en maldecir. En una madrugada desmayado en un baño es difícil encontrarlo, pero cuando puedes levantarte y llegar a tiempo - otra vez - al hospital,  se siente que ahí hay algo. Corriendo en una ventisca a 10 grados bajo cero lo primero que pasa por la cabeza de uno son todas las malas palabras que aprendió y aquellas que pueda inventar en el trayecto y al llegar casi congelado con los demás y ver sus sonrisas marcadas por el frío, olvidando malos ayeres y peores antieres, ves a Dios en ellos. Cuando despegas diez veces o mas al mes y en todas ellas aterrizas sano y salvo, sin contratiempos, sin nada que reportar, sólo te queda reconocerlo a Él y afirmar que es grande. En cada aterrizaje encontrar con gente que me sonríe aunque no debería, que olvida y recuerda te hace agradecer a ese Dios que querías desconocer. Cada mañana, mientras comienzo a patear el balón en el entrenamiento, recuerdo las veces que estuve con un pie en la cancha eterna. Ver que puedo seguir jugando aquí el juego que siempre he jugado, no es una coincidencia feliz, es la mano de Dios. Y recibir una llamada de tu hija, en la que te demuestra que es grande y más grande de lo que soñaste, es como recibir un mensaje de Él. Quise convencerme que todo y todos son una serie de improbables coincidencias. Sí existe y está en todo. No pude demostrar lo contrario y eso me da la tranquilidad para seguir adelante. No pude ser ateo. Sólo quería que lo supieran.