30 de septiembre de 2013

La nube que parecía nube.


Sintió que todo perdía sentido. Su huracán siguió con vientos huracanados y la dejó atrás. Ella que soñaba con recorrer el mundo aterrorizando y destrozando. Su ilusión, desde que era una pequeña brisa en el golfo de Eilat jugando con la arena y la historia que bajaba desde el Sinaí, fue dar la vuelta al mundo convertida en desastre. 


Con sus primeros remolinos se unió a una ventisca en el Sahara. Legendaria ventisca que se convirtió en tormenta de arena, sabedora de que incluso en el espacio podían apreciar su grandeza, decidió cruzar el mar y unirse a otras nubes, adoptar formas terribles y amenazadoras y destruir lo destruible.

Conforme salió del continente y se aventuró en el mar, soberbia, tormentosa, fue creciendo. En el trayecto se unió a otras muchas guerreras hasta confundirse y ser una misma, una tormenta tropical con la voluntad y las ganas de formar un huracán que pasara a la historia y seguir, convertirse en tifón para después regresar tranquilamente a su lugar de origen y dar paso a las nuevas nubes que seguramente desearán seguir sus pasos al terminar esta historia.

Se acercaba a la costa y  ansiosa, luchaba por revolverse con las demás, queriendo girar. Se ensanchaba, ennegrecía, subía y bajaba, pero aún no era un huracán. Llegó al nuevo continente, se adentró en él y quedó abandonada. La abandonó su huracán. Las demás nubes, en su mayoría, siguieron el camino con él hasta cruzar al otro océano y destrozar los sueños de muchos seres humanos y los sueños de la nube.

Ella se quedó observando la tierra. Y fue observada por un niño que dijo: “Esa nube no parece nada… sólo parece nube”. Y se puso a mirar otras. Llovió un poco.