24 de mayo de 2013

Pinche Negro


Ayer escuchaba la canción Because y decidí escribir. Escribir sobre el negro que al escucharla conmigo hubiera sacado de la visera de su coche una hoja doblada, escrita a mano con la letra y al final diría: Fue escrita por John Lennon, salió en Abbey Road de 1969 y es la canción 2 del lado B en el disco.

Le decían el negro porque era más bien como cafecito, diría mi hijo. Aunque hoy su apodo podría considerarse ofensivo a él no le importaba. Siempre fue un negro orgulloso de serlo. A las muchachitas de La Hacienda les encantaba y hasta se peleaban por empacarle el pan. Él les decía piropos y hablaba con ellas y lo trataban muy bien.

Dicen que está loco. No con esas palabras sino con otras más educadas, refinadas y cultas y hasta va al doctor, toma pastillas y cosas así. O sea, en resumen lo está. Dicen. Él no diría “enfermo” o usaría esas palabras que a veces usan para referirse a su locura. Él diría que está loco porque así es. Le dice a las cosas por su nombre y siempre escoge el nombre mas chusco o el que hará reír a su audiencia.

Futbolista, fumador y temerario al manejar. Como futbolista ni siquiera lo recuerdo. Mi papá fue entrenador en el equipo en el que él jugaba y él fue entrenador en el equipo en el que yo jugué. Es todo lo que recuerdo. Seguramente seríamos bastante malos.
Lo que tengo bien grabado es el camino de mi casa al campo de entrenamiento. Cada martes y jueves él pasaba por mí y nos íbamos juntos en su caribe azul a entrenar. Durante todo el trayecto cada vez me enseñaba algo: desde relacionarme con mujeres hasta música.  Le gustaba apostar conmigo si es que pasaba entre dos camiones que se iban cerrando. Siempre pasaba y se burlaba de mí. Con él aprendí también que para identificar a una religiosa bastaba con mirarle el bigote y que a los gays se les llama putos aunque los respetemos.

Ya no hablo con él. Entre su locura diagnosticada y la mía crónica no hablamos como entonces y nos limitamos a biengraciaschidocuñaotodobien y ya. No hemos podido hablar desde que un día me dijeron que ya no lo veríamos más, pues habían terminado, aunque algunos años después regresó y sigue por acá.  Siempre ha luchado por lo que quiere aún pesar de los demás. Y lo ha obtenido. Es de admirarse su tenacidad y su disciplina.

Se acabaron los sermones y la enseñanza y sólo quedó el cariño. Ahí guardado donde nadie, ni siquiera uno mismo recuerda tenerlo, pero que termina siendo uno mismo. Ese cariño que ni siquiera te cuestionas si existe o no. Como el de los hermanos, aunque no se hablen y se caigan mal.

Recuerdo que era y supongo que seguirá siendo como una Wikipedia de los Beatles y un libro de chistes. De ese grupo sabía absolutamente todo y no dudaba en mencionarlo. A mí me encantaba escuchar las anécdotas que contaba aunque no recuerde ninguna.

Mis amigos y yo nos sentábamos con él a jugar videojuegos y a escuchar sus constantes chistes, burlas e historias sobre cualquier cosa hasta que mi hermana, que por azares del destino era su novia, se encabronaba y se lo llevaba.

Varias veces enderezó sus burlas hacia mí. A todos nos tocaba alguna vez. Yo, de mecha corta como soy incluso le aventé algunas fichas en una ocasión, me paré ofendido y me fui al carajo según mis propias palabras. No dudo que las burlas, muy atinadas, hayan seguido y lo merecía.

Con él siempre tenías que estar a la vivas. Desde entrar al baño y no hacer mucho ruido, pues en ese baño en particular se escuchaba todo y él se aseguraba que todos escucharan.

Cuando se enfermó de hepatitis su mamá lo regañó porque se metía el boleto del estacionamiento de la universidad en la boca y seguramente por eso está enfermo. Pocas veces se enojaba. Siempre sonriente y cordial. Excepto si salías a pasear con su hermana. Tras una inocente caminata de 4 o 5 horas por la playa, él estaba completamente fura de sí. Olvidó que aprendí bien todo lo que me enseñó.

Muchas anécdotas más tengo en mente pero se me acaba el espacio. Seguro que muchas de esas ni siquiera las recuerda nadie. Es el problema de mi memoria.

Hace poco morí y un grupo de extraños me devolvieron a la vida. Lo hicieron porque el pinche negro les pagó para hacerlo, pues gratis no funciona. En otras palabras, el negro me salvó la vida y se la debo, en dinero y en vida. Mucho de lo que soy y soy como soy por sus sermones y porque ha estado junto a nosotros desde siempre, apoyándome a pesar de mi. No me dijo nada, no dije nada.

Fue el único momento en que estuvimos solos como aquellas tardes camino al futbol. Estaba yo en la cama del hospital, se acercó, me abrazo y me besó la mejilla.  

Como el hermano mayor que siempre ha sido para mí.