11 de diciembre de 2012

Reflexiones antes del Fin del Mundo I - La Madre y sus tigres



Después de tanta música  y diversión recordando en mis entradas anteriores, me he dado cuenta que el fin del mundo nuevamente está a la vuelta de la esquina.
Eso me ha llevado a escribir algunas reflexiones sobre lo que fue este mundo. El mundo en que viví y que, por decisión y predeterminación de antiguas culturas, está llegando a su fin.
La primera es personal aunque quizá haya quien la sienta como propia. Ahí se las dejo.


La Madre y sus tigres.

Hoy intenté hablar con la Madre Orlanda. Ella fue en parte, la responsable de mi formación y deformación durante 12 años. En sus palabras, esas metáforas que pocas veces comprendí en mi infancia y adolescencia  y que hoy a duras penas entiendo, ella me enseño a comer en la mesa pero me enseñó también que yo era libre de comer ahí en la mesa o en el piso, con los animales - ella decía cerdos, cosa que en la penúltima década del siglo pasado era aceptable, pero hoy ofendería a algunos, muchos, todos.

La madre no está, salió al doctor, dijo la voz de una monja mas joven, ¿quiere dejar un mensaje? ¿Qué tipo de mensaje le dejarías a la Madre Orlanda? ¿Qué puedes decirle a la joven monja que con muchos años menos que yo, seguro me llamará hijo, para que se lo transmita a la Madre Orlanda? Ni siquiera sabía qué iba yo a decirle cuando hablara con ella y ahora pretenden que le deje un mensaje.

Orlanda nunca se enfermaba, cuando llegabas a la escuela ya estaba ahí, severa, evaluando todo el tiempo cómo se comportaban sus tigres. Sabías de antemano que si faltabas a los principios básicos de un Apóstol del Espíritu Santo, el jueves por la tarde tendrías una conversación con ella.

Podría decirle a la persona que tuvo la desventura de contestarme el teléfono, que le dijera a la Madre que he comido en la mesa, procuro sentarme y comer ahí, siguiendo todo aquello que me inculcó y amando a ese tercio de Dios que le llaman Espíritu Santo. También he comido en el piso, no sólo con los cerdos. He comido con todo tipo de alimañas y en ocasiones me ha gustado y lo he preferido a la mesa.  Imagino la mirada atónita de la madrecita al recibir el mensaje, la manera en que lo entregaría a Orlanda. 

En los eventos preparados por ella invitaban a las mamás de todos los alumnos. Como sucede desde que Caín iba a la escuela, en ocasiones algunas madres no podían ir. Los alumnos sin madre presente terminaban sentados al fondo del auditorio, en una fila encabezada por la Madre. Ella los llamaba “hijos de la guayaba” apelativo cariñoso y juguetón que en este fin del mundo se considera despectivo y objeto de denuncias a las autoridades, aunque no recuerdo a ningún hijo de la guayaba traumado por haberlo sido – yo también lo fui alguna vez –  ; además, si estaban junto a la Madre y la Madre era madre en ese momento, ella misma sería la referida guayaba que respondería por la temporal adopción de esos mocosos fugazmente desamparados.

Un año decidiéndome a llamarla y seguro continúa con el doctor. Ese personaje al que muchos vemos como salvador, pues con su conocimiento y habilidad puede salvar nuestra vida. Conociendo a Orlanda, sólo espera que aquellos dolores que la aquejan, que son muchos o pocos, que yo no lo sé pues no he hablado con ella, sean menores o menos molestos. O ambas cosas.

Orlanda, de falda y blusa, como se visten las monjas cuando no usan el hábito, ya por conveniencia, por decisión o por exigencia legal, jugaba al futbol. Algunas veces también la vi patinar y corretear jugando ese juego que hoy mis hijos llaman pesca-pesca.

Ella era pescadora. Su vida la dedicó a pescar almas y vocaciones. Generaciones y generaciones la vieron pasar por los pasillos, copón en mano y sus pasos menudos y apresurados rumbo al sagrario. Genuflexión y silencio y a seguir jugando, que para eso es el recreo.

Se que no espera que el doctor le salve la vida. La Madre Orlanda salvó su vida desde que siendo pequeña y encerrada detrás de un pizarrón, decidió dedicarse a salvar otras vidas menos terrenales, haciendo amar a Ese que es representado como paloma blanca o lengua de fuego.

Después de esos 12 años nos alejamos, aunque mejor es decir que me alejé. Tenía tanta vida y obligaciones y diversiones por delante que no tuve más tiempo para dedicarme a recibir sus enseñanzas que, soberbia juvenil, conocía de sobra.

Se acerca el fin del mundo y hoy han pasado tantos y más años sin hablarle que aquellos en los que me enseñó. Pero en cada acción, sobre todo las que implican comer en el piso, me descubro pensando si eso la haría sentir orgullosa de este tigre. Y con base en su predicación interrumpida por mi avidez, descubro que no siempre y trato de corregir. 
Cerca del fin, también salvó mi vida. O más allá.

Ningún mensaje. Vuelvo a llamar después.