7 de diciembre de 2011

El duque, el caudillo y la princesa.

Érase una vez en la Ciudad de las Rosas que el gallardo duque de Ambaró se reunió con los sabios y juglares del gran y único Reino del Colibrí.
Como regalo, el duque llevó una mula que, dijo el duque, creció junto a las fuentes de sus territorios. Al presentar el regalo, mencionó que esa mula era descendiente de una yegua pura sangre y de un burro muy fino. La mula, fiel a su noble ascendencia, era la solución a los problemas de transporte de las mercaderías de la Ciudad de la Rosas y sería el ejemplo para criar más mulas similares en todo el reino y así tener 140 años de paz y prosperidad para todos los súbditos.
Los sabios y juglares reunidos en la Ciudad de las Rosas ya habían recibido regalos de otros duques y duquesas del territorio Animaxe, que en ese entonces reinaba en todo el mundo conocido. Los sabios y juglares eran algo hostiles, pues los regalos recibidos siempre se tornaban mágicamente en colibríes que aleteaban y desaparecían. Era una maldición cuyo origen era desconocido, pero se sabía que su alimento era la codicia. Así había sido desde el principio de los tiempos, cuando el Sumo Sacerdote se levantó contra los dioses de allende la mar y así seguía siendo, sin importar el territorio del Rey en turno.
Al recibir la mula regalada, que por no ser caballo, sí se le mira el diente, los sabios y juglares increparon al duque y lo cuestionaron sobre el verdadero origen de tan obediente animal. ¿Será que es descendiente de grandes caballos y yeguas? El duque, confundido, respondió asegurando que el tatarabuelo de la yegua madre de la susodicha mula, era el caballo pardo de aquel gran Nabulione, conquistador de otomanos, germanos y sicilianos.
Su dicho y desconocimiento de la historia equina, provocó que sabios y juglares tornaran inmediatamente en bufones y esparcieron por todo el reino la noticia de la ignorancia del duque, asegurando que su mula era una mula criada seguramente en las praderas de Éireann y traída por los conspiradores de Ambaró para derrocar la nueva monarquía.
Siendo chaneques la mayoría de los pobladores del Reino del Colibrí y fieles a su naturaleza, adoradores de las travesuras, comenzaron a hilar cientos, miles de cuentos alrededor del caballo pardo y la mula importada. El duque reconoció su ignorancia e inclinó la cabeza, recibiendo en silencio el bien ganado castigo que le propinaban los chaneques. Que en su favor se debe decir que siendo igual de ignorantes no tenían ambición de dominar al gran y único reino.
Apareció también un caudillo animaxe, dotado de gran inteligencia pero poca habilidad para usarla, que decidió encabezar la lapidación del duque. Vociferó que era imposible desear convertirse en rey del gran y único, sin saber sobre caballos. Y aseguró que su caballo preferido era Babieca de aquel ingenioso hidalgo. Al ser increpado por los juglares, el caudillo sucumbió ante el hechizo y se convirtió en bufón también. Y los chaneques atacaron a duque y a caudillo por igual.
Pero cualquier historia de caballos y caudillos, hechizos y transfiguraciones, caídas y azotes, no estaría completa sin una princesa. La princesa se asomaba en su torre en el Valle Zumi, viendo como el duque, su protector, era lapidado. En su desesperación, subió al punto más alto y tiró un caldero de aceite hirviendo sobre los chaneques y su frenética verbena, vociferando imprudencias y verdades: diciendo chaneques a los chaneques.
Los chaneques, escudados en su gran número y su incierta apariencia, arremetieron contra la princesa. Desgarraron sus vestidos, destrozaron sus aposentos y a punto estaban de quemarla viva cuando el duque, maltrecho por el castigo recibido, suplicó perdón para ella y para él, agradeciendo a la turba chaneque la lección de tan fuerte y agresiva manera enseñada.
Los chaneques siguieron tirando algunas piedras al duque, al caudillo y a la princesa, pero competían ahora para demostrar que todos y cada uno de ellos sabían de caballos, razas y linajes. Presumían en tabernas y caminos sobre su conocimiento equino. Aunque en el fondo, todos sabían que pocos chaneques tenían caballos y eran menos los que, aun teniéndolos, sabían montarlos.
El duque continuó con su labor de convencimiento sobre el valor de su mula, los caudillos de Animaxe siguieron enfrentándose para suceder al Rey, y aquel originario del lugar de tierra mojada enviaba mensaje cuasimesiánicos de amor y paz para los súbditos del Colibrí, guerrero por naturaleza.
La moraleja de la historia, no es fácil de deducir, pues chaneques que somos seguimos envueltos en la defensa de nuestra honra, mancillada cruelmente por una doncella, princesa y altanera; seguimos lapidando a duques y caudillos o presumiendo nuestra crianza, chaneque a fin de cuentas.
Pero detrás de todo ese humo, detrás de todo el caos ocasionado por las reacciones infantiles y juguetonas de los chaneques, se esconde la realidad del Reino del Colibrí, de las necesidades de sus pobladores y se pierde el foco de lo que verdad importa.
Sólo recordemos, chaneques del Colibrí, que el origen de nuestro nombre colectivo se remonta a la creación de este Reino y significa “dueños de la casa”.
El chaneque es capaz de asustar a la gente, de hacerle perder su tonalli y de ocasionar la muerte. Pero también puede recompensar al hombre con riquezas y buena fortuna. Ya hemos hecho lo primero, ahora es momento de trabajar para lograr lo segundo y evolucionar de chaneques a humanos.